Walter Gallardo

Desde Madrid, España

Ocurrió en un vuelo a principios de enero, hace unos cuantos inviernos. Poco después de despegar el avión con destino a Bélgica, abrí un libro y me sumergí a 10.000 metros de altura en un relato fascinante desde la primera página y, empujado por él y sin esperarlo, en un itinerario de historias. Me reveló que las coincidencias -por llamarlas de un modo precario- tienen un carácter indescifrable y se diría que viajan hacia nosotros desde una dimensión sin nombre para entregarnos sutilmente un mapa con recorridos que acaban en un mensaje, en personas, en verdades indeseadas o en descubrimientos conmovedores.

Era la novela “Austerlitz”, del autor alemán W.G. Sebald, afincado durante décadas y hasta su muerte en Inglaterra. El título, con un sinfín de referencias, se corresponde aquí con el nombre del personaje principal, un hombre cuya primera infancia ha transcurrido -según él mismo intenta recordar- con rostros y en lugares que acuden ahora velados por la bruma de la memoria; es alguien que busca su origen sin brújula arrastrando el sentimiento desolador de ser siempre un extranjero, casi un extraño, y sólo con una mínima información: llegó en tren a Londres desde algún lugar de Europa y fue luego criado por una familia austera, incluso con las palabras, y triste hasta la soledad. Pese a ese silencio, ha crecido con la percepción de un universo paralelo habitado por sombras mudas, sombras insidiosas que desaparecen apenas intenta aprehenderlas. En medio de la incertidumbre, todo le sugiere algo, aunque nada le sirve para completar una imagen o un indicio: las cúpulas, los edificios, las estaciones de trenes, la música de ciertas palabras en otro idioma, las siluetas de unos molinos, objetos simples y sin valor o territorios que le murmuran algo incomprensible al oído.

En las primeras líneas, Austerlitz está sentado en un banco de la bellísima estación de Amberes, ciudad a la que yo había decidido ir al día siguiente cuando aún ignoraba los pormenores de aquel relato. Esta primera casualidad haría que al bajar del tren allí y, a partir de los andenes, intentara mirar desde la perspectiva del personaje cada detalle de aquel espacio monumental y concentrarme, en particular, en el enorme reloj de la primera planta descrito en la obra, en el movimiento de sus agujas firmes y categóricas como espadas, inflexibles en su afán de ir segando con precisión las horas, minuto a minuto, y acortando el futuro ante nuestros ojos.

En esos mismos días viajaría también en tren de Bruselas a París, usando un pasaje comprado un mes antes, lo cual transformaba mis desplazamientos en la imitación involuntaria de lo que ocurría en el libro. Impulsado por el hechizo de la buena literatura, y ahora sí con más intención de mi parte, recorrí todos los rincones de la Gare D’Austerlitz y, con una curiosidad algo insana, me introduje en el Jardin Des Plantes o di vueltas por Place D’Italie, yendo y viniendo por los bulevares que se abren como una “etoile”, donde el personaje creía poder encontrar a su padre. Una vez más caí en la cuenta de que la búsqueda y el sentimiento de pérdida o de cierta orfandad son propios de la condición de extranjero. Y yo también lo soy. Este viaje coincidiría con una prolongada nevada sobre París, tres días sin parar, lo que agregaba desde la realidad un ingrediente mágico a la lectura de la que no me podía mantener ajeno.

Meses después, ya leído y releído el libro, aún perseguido por algunas preguntas, me pasaría parte de una tarde lluviosa en la estación de Liverpool Street y sus alrededores, en Londres, la estación a donde Austerlitz había llegado y cuyo recuerdo seguía siendo vago para él. En una de sus entradas, precisamente por la calle Liverpool, me daría de bruces con una información esclarecedora que, a su vez, me llevaría a otras historias conectadas con esta: un conjunto de esculturas en bronce llamado “the arrival” con pequeños al lado de sus maletas y algún instrumento en su estuche, un violín quizás, y una mujer acompañándolos, rinde homenaje a aquella operación de rescate masivo, organizada por individuos e instituciones, llamada “Kindertransport”, la que salvó a unos 10.000 niños, sobre todo judíos, de la persecución nazi en 1938 y 1939 en varios países de Europa. La mayoría de ellos no volvería a ver a sus padres nunca más. A capricho, y como en un juego, elegiría entre el grupo a quien podría parecerse a Austerlitz, y me incliné por el que eleva su mirada hacia el cielo, en dirección a los altos edificios de la City, el distrito financiero. Un íntimo regocijo me estremeció entonces y no pude contener una sonrisa de satisfacción, como si por fin pudiera encajar todas las piezas.

La historia vino a mí una vez más en estos días en que las noticias muestran rostros de inmigrantes atrapados en la frontera entre Polonia y Bielorrusia, personas que los países se arrojan como improperios o las usan como armas de negociación para dirimir sus conflictos. Aunque es una simple muestra de una gran crisis humanitaria global, su similitud con otros fenómenos migratorios refleja que en los foros internacionales se hace nada o muy poco para dar con una solución. En este caso, los inmigrantes no pueden avanzar hacia la Unión Europea, su destino deseado, pero tampoco volver porque es casi imposible desandar el camino sin arriesgar sus vidas y las de sus hijos. De hecho, algunos de ellos hablan de decenas de muertos, no ya en la ruta del exilio, que los hay, sino en estos mismos campamentos, en circunstancias que hasta ahora se desconocen y que nadie se molestará en investigar. Se los ve ávidos por un plato de comida, andrajosos, con el gesto alucinado del desconcierto, cubriéndose con mantas que apenas abrigan ante temperaturas bajo cero.

Algunos fueron trasladados a galpones que sirven de albergue; otros, en una cantidad difícil de precisar, siguen a la deriva en los bosques, intentando burlar los controles fronterizos, expulsados a tiros por unos y alentados a seguir la travesía por otros. En definitiva, con leves matices, se encuentran entre cercos de alambres de púa, mientras dos ejércitos los apuntan con sus fusiles. En un sensato ejercicio mental, no es difícil llegar a la conclusión de que todos ellos no se lanzan a esta aventura por placer y que alguna vez tuvieron algo parecido a una vivienda, a un empleo y que esos niños, los que miran temerosos a los militares, en otras épocas iban a la escuela y en las horas libres jugaban con sus amigos, como tal vez lo habría hecho Austerlitz.

Por supuesto, no es el único punto caliente de Europa. Dentro de la Unión Europea y en algunos países vecinos, a los que se les paga para hacer de guardianes sin reglas, abundan los campos de refugiados donde estas masas de errantes viven en condiciones deplorables, propicias para la promiscuidad y el abuso, y sin ninguna tarea que hacer ni una rutina que cumplir a diario, salvo esperar el milagro de que algún país decida aceptarlos por caridad.

El panorama no es alentador. Ninguna nación se muestra dispuesta a dar una mano. De la reticencia se ha pasado al rechazo: una encuesta encargada por siete de los mayores periódicos europeos, miembros de la alianza LENA, muestra que 6 de cada 10 ciudadanos considera excesiva la cantidad de inmigrantes llegados al continente y casi la mitad está a favor de levantar muros en las fronteras. Polonia ya ha comenzado a construir el suyo. A tono con esa corriente, los gobiernos se limitan a declaraciones superficiales como excusa para que lo elemental y necesario nunca suceda.

En tanto, hay quienes aprovechan este ambiente crispado para trabajar en favor del odio. Partidos políticos que alcanzaron el poder, como en Hungría, y otros con una fuerte presencia en los parlamentos han extendido con rapidez un discurso plagado de falsedades, en el que un inmigrante es equiparado con un delincuente o un invasor que viene a corromper a la sociedad. Sus militantes “coinciden” en usar cotillón y vocabulario nazis; salen a las calles a defender unos supuestos valores de decencia y, de paso, a intimidar; exaltan a criminales de las grandes tragedias del siglo pasado y ven comunistas debajo de todas las camas. La adhesión que consiguen no es poca: en España, por ejemplo, Vox, una fuerza política admiradora de la sangrienta dictadura de Francisco Franco y con un discurso racista, cuenta con 52 representantes en el Congreso de los Diputados, lo que en votos se traduce en más de 3,5 millones. Están actualmente en tal extremo que llaman “derechita cobarde” a la derecha tradicional. A su lado, sólo queda lugar a la izquierda.

En tanto esto pasa, caen por su peso unas cuantas preguntas ¿Es comprensible que el mismo bloque de países que en tantas ocasiones llegó a acuerdos de tal mérito como una moneda única o la eliminación de las fronteras entre sus miembros no sea capaz de ofrecer una propuesta común al problema de la inmigración? ¿A dónde fue a parar el espíritu valiente que logró afianzar la paz en aquella vasta extensión definida por Winston Churchill en la posguerra como “un montón de escombros, un osario, un semillero de pestilencia y odio”? ¿Es coherente quejarse por las tasas negativas de natalidad, del creciente envejecimiento de la población y rechazar a la vez a aquellos jóvenes que vienen con sus familias en busca de un futuro? ¿Seguiremos viendo en las noticias cómo el Mediterráneo es el mar de la muerte para los que intentan llegar y un gran negocio por los traficantes de seres humanos?

Me pregunto qué diría Austerlitz, rescatado de las garras fascistas, al ver este espectáculo de insensibilidad y parálisis. También vuelvo sobre lo que pensé aquella tarde en la estación de Liverpool Street a propósito de la operación Kindertransport: que los héroes silenciosos suelen demostrar que el ruido político no es sinónimo de acción. Se me ocurre que Austerlitz apelaría, sobre todo, a un nombre: Nicholas Winton, alguien a quien él seguramente le daría las gracias y un largo abrazo. Este ciudadano británico, de clase acomodada, fue el autor de una de las proezas individuales más fraternas que se puedan recordar. A sus 29 años, en los meses previos a la Segunda Guerra Mundial, organizó por su cuenta el rescate de casi 700 niños en la antigua Checoslovaquia como parte de aquella operación. Buscaría desesperadamente a las familias que pudieran acogerlos en su país, en una campaña a través de iglesias y sinagogas, y en siete trenes los llevaría hasta Londres. Su generosidad, por decisión propia, durmió en el anonimato durante cincuenta años hasta que su esposa descubrió en el desván de su vivienda una caja con fichas y fotografías de niños. Al enterarse de lo que había hecho su marido en tiempos en los que aún no se conocían, decidió contárselo a la prensa. Sólo entonces, aquellos niños supieron quién los había salvado de una muerte segura. Recibiría todos los honores, aunque se mostraría algo incómodo ante tantas miradas. En un reportaje de la BBC, cuando acababa de cumplir 105 años, le preguntaron por qué tuvo aquel gesto en su juventud. En dos palabras, dijo: “Por ética”. “Explíquese”, le pidió el periodista. Y respondió: “La ética es bondad, amor, honestidad y decencia”. Y rechazó que lo siguieran llamando héroe.